El sector de la tecnología educativa no ha parado de crecer en los últimos años, tal como lo demuestra el hecho de que muchos fondos de inversión están apostando por las empresas startups. De hecho, las cifras de negocio no cesan de crecer e incluso en lugares donde se han recortado los presupuestos públicos en educación, como en Estados Unidos o en Reino Unido, el gasto público en tecnología educativa ha seguido creciendo. Esto se podría tomar como un claro indicio de una progresiva transformación de la educación gracias a la combinación de costes más bajos de los equipamientos, la multiplicidad de contenidos digitales y la incesante creación de aplicaciones que, junto a una población ya versada en su uso, se comportan como los ingredientes para una tormenta perfecta.

Algunas iniciativas recientes testimonian que la tecnología permite hacer las cosas de otra forma: enseñar y aprender de modo mucho más eficiente a la par que consonante con las expectativas y demandas de la sociedad y la economía del conocimiento.

En el caso específico de la escuela, tanto en Europa como en buena parte de América Latina, existen innovaciones educativas que solo han sido posibles gracias a los últimos desarrollos de las industrias tecnológicas, pero, por regla general, se trata de casos particulares. La calidad de los resultados en educación no tiene que ver tanto con la presencia o ausencia de tecnología como con la pedagogía adoptada y las condiciones en que se aplica en el aula. En este sentido, las competencias profesionales de los profesores, y las facilidades e incentivos para su desarrollo continuo, son la clave. Así, cuando esas competencias son óptimas, el recurso a la tecnología permite mejorar la calidad de los procesos de aprendizaje y, al mismo tiempo, expandir el horizonte de lo que se puede aprender; algo muy evidente, por ejemplo, en el caso de las ciencias experimentales y sociales. Cuando estas condiciones no se dan, la irrupción de más tecnología en las escuelas se traduce, generalmente, en nuevos problemas.

Las competencias profesionales de los profesores, y las facilidades e incentivos para su desarrollo continuo, son la clave.

Existe una verdadera transformación de la escuela, pero se está dando, para empezar, entre bambalinas. Es silenciosa, casi imperceptible, pero real. En efecto, los datos acreditan que los profesores son usuarios habituales de la tecnología en su vida privada, pero lo más sorprendente es que también son ahora mayoría quienes emplean soluciones tecnológicas para la preparación de sus clases. Los usos administrativos escolares se prodigan igualmente, incluyendo el creciente uso de plataformas que facilitan la comunicación con alumnos y familias fuera del horario escolar. Los alumnos, por su parte, no necesitan que nadie les explique cómo aprovechar la tecnología para dar salida a las tareas escolares, aunque no lo hagan siempre de la manera deseable faltos, como acostumbran a estar, de apoyo educativo en este ámbito. En el trabajo docente en el aula la tecnología ha hecho fortuna como herramienta de presentación, pero todavía no para la personalización del aprendizaje y aún menos para la tan deseable transformación de los procesos. Sin embargo, poco a poco, el círculo se va estrechando, lenta y calladamente.

Hay que aprovechar esta ventana de oportunidad. Dar un impulso a esta transformación pedagógica significa, una vez más, empezar por acercarse más a los profesionales de la educación y analizar, con ellos, sus necesidades y partir de ellas para sugerir soluciones pedagógicas que, en muchos casos aunque no siempre, incorporarán componentes tecnológicos. Esto explica por qué las iniciativas tecnológicas que triunfan en educación son, fundamentalmente, las que ofrecen servicios relevantes y eficientes a los profesores o a los alumnos que les resuelven problemas o necesidades reales. En definitiva, el objetivo no es tener más tecnología sino algo mucho más importante: que los alumnos aprendan más y mejor.